Biden y Trump, una visión diferente y el poder inteligente

 


El poder inteligente o también llamado smart power, se entiende como la capacidad de combinar el poder duro concerniente a sanciones económicas, coerción militar y presión directa, con el poder blando, que se refiere a diplomacia, legitimidad e influencia cultural. Es una forma de ejercer liderazgo que no se limita a imponer sino que busca persuadir, construir alianzas y fortalecer la presencia internacional de un país en el largo plazo. En un sistema global cada vez más complejo, donde los desafíos van desde la competencia entre potencias hasta las crisis sanitarias y climáticas, el smart power se presenta como una herramienta flexible, adaptable y más eficaz que la fuerza bruta o la diplomacia aislada. 

En este marco, el gobierno de Joe Biden ha tratado de reposicionar a Estados Unidos mediante el uso combinado de fuerza y diplomacia. Una muestra temprana de esto fue su decisión de reincorporar a Estados Unidos al Acuerdo de París y revertir la expansión petrolera aprobada previamente, incluyendo la cancelación del oleoducto Keystone XL y la suspensión de nuevas perforaciones en zonas árticas. La vuelta a la OMS tras la pandemia también simbolizó una apuesta por la cooperación global frente al repliegue unilateral. Cuando enfrentó la invasión rusa a Ucrania, su estrategia combinó sanciones a Moscú y envío de armamento a Kiev, pero dentro de una coalición transatlántica, fortaleciendo a la OTAN y evitando actuar en solitario. De manera paralela, ha impulsado proyectos de infraestructura y desarrollo internacional, como el plan ferroviario africano apoyado por EE. UU. y socios multilaterales, que expanden la influencia estadounidense sin recurrir directamente a coerción. Son acciones que ejemplifican una diplomacia activa respaldada por capacidad de defensa, es decir, smart power en práctica.

El contraste con el actual gobierno de Donald Trump es nítido. Su enfoque ha privilegiado el uso predominante del poder duro, con menor interés en la institucionalidad internacional. Durante su primera administración ordenó la retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París y volvió a adoptar medidas que priorizan la producción energética interna sobre el compromiso climático global. Su política hacia Irán se basó en la llamada “máxima presión”: sanciones económicas, restricciones comerciales y aislamiento diplomático con la expectativa de imponer concesiones sin negociación multilateral profunda. Además, impulsó recortes en programas de ayuda internacional, debilitando una de las herramientas clave del soft power estadounidense. De manera más general, su estilo se caracteriza por la preferencia por acciones unilaterales, la desconfianza hacia organismos multilaterales y la presión económica o militar como herramienta principal de influencia.

Comparar a Biden y Trump es observar dos modelos distintos de proyección de poder: el primero apuesta por alianzas, cooperación y diplomacia respaldada por capacidad militar; el segundo privilegia la imposición, la presión directa y la acción unilateral. Más allá de preferencias ideológicas, la pregunta de fondo es cuál de los dos enfoques permite sostener un liderazgo global de forma duradera, ganar legitimidad y enfrentar desafíos transnacionales con eficacia. Las políticas climáticas, sanitarias y geopolíticas ilustran que el smart power favorece la construcción de influencia a largo plazo, mientras que la coerción aislada puede producir impacto inmediato pero también desgaste diplomático.

En un escenario internacional frágil y profundamente interdependiente, estos contrastes no son teóricos: determinan la estabilidad del sistema global, el futuro de alianzas estratégicas y la capacidad colectiva para enfrentar problemas que ninguna nación puede resolver sola. El poder inteligente recuerda que la autoridad no solo se impone: se construye. Combinar fuerza con diplomacia puede significar la diferencia entre el aislamiento y el liderazgo.

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