Desde que empezamos a estudiar Relaciones Internacionales siempre escuchamos hablar del famoso soft power de Estados Unidos, y, sinceramente, el mejor ejemplo siempre nos pareció Hollywood. Piénselo, ¿cuántas veces vimos películas donde EE.UU. era el "héroe" del mundo? Desde Rocky IV (sí, Rocky peleando contra un soviético en plena Guerra Fría) hasta Capitán América, la pantalla grande funcionaba como vitrina del "sueño americano".
Hollywood no solo entretenía, sino que transmitía valores como: la libertad, la democracia, lo modernidad. Hasta Friends o Sex and the City, seris que veíamos en Lima por cable, nos mostraban un estilo de vida aspiracional que, aunque lejano, terminaba influyendo en cómo pensábamos de la cultura estadounidense. Esa era la esencia del soft power, conquistar a través de la seducción cultural. Pero, ¿qué pasa cuando la estrella más grande se enfrenta a la Casa Blanca? Ahí vemos el contraste entre las eras de Donald Trump y Joe Biden: pasamos de la tensión constante a una luna de miel con propósito.
Pero el giro se dio con Trump y su lema Make America Great Again no necesitaba de Hollywood. En lugar de películas con finales felices, su estrategia se basó en sanciones económicas, discursos nacionalistas y hasta usar “X” como “arma diplomática”. Ahí sentimos, como estudiantes, que Estados Unidos estaba dejando atrás la narrativa cultural para apostar por el hard power directo. Durante sus cuatro años diversos actores manifestaron su disgusto y falta de apoyo hacía Trump, y las producciones reflejaban esos choques que habían entre Hollywood y la Casa Blanca, tocando temas como racismo, migración y populismo. Terminando en que el cine estadounidense se volviera una oposición interna en vez de ser una voz del gobierno.


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